• Alma

Dormir desnuda

Actualizado: jun 10

En esta vida son pocos los placeres que se brindan de forma gratuita y que, además, te ayudan a reconfortarte, beneficiando tu descanso. Para mí, ahora que empieza a hacer frío, uno de esos escasos placeres es dormir desnuda.

Antes de nada, pongo en marcha la calefacción de la habitación. Al mismo ritmo que el calor va sustituyendo al frío, yo me voy desprendiendo de todo lo que llevo encima. Empiezo por las joyas, esos pequeños complementos que en esos momentos no necesito que decoren mi cuerpo. Después va fuera el calzado y los jerséis o “dobles capas” que en la calle me libran de una hipotermia…

Y después me quedo en lencería… mi amada lencería. ¿alguna vez os he dicho cuánto me gustan estas prendas? (Algún día dedicaré un post a hablar sólo de ellas) ¿Y lo mucho que me gusta mirarme en mi espejo de cuerpo entero cómo me quedan? Podría pasarme un buen rato observándome, seduciéndome a mí misma… pero al final, aunque con más dedicación y delicadeza, también termino quitándomelas.



Si no he puesto algo de música, en mi cabeza ya suenan baladas de los 80 y una vela perfumada aromatiza toda la estancia. Por mucho que haya encendido la calefacción, cuando acabo totalmente desnuda, un leve escalofrío recorre mi espalda, pero es una sensación que me gusta, como cuando me acuesto en la cama, con las sabanas un poco frías, pero que, cuando te terminas de tapar con el edredón, el calor termina envolviéndote.

Y cuando estoy cubierta por sábanas, mantas y/o edredón, es cuando empieza la mejor parte: cuando el roce de las sábanas y el de mis propias caricias, estimulan y despiertan cada fibra de mi piel se eriza, pide más atención. Más acción. Más amor.

Pero eso, amad@s lectores, es otra historia,…

Besos,

Alma.